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Un Hombre Aparte

Prensa

El Mercurio, Wikén
13 de diciembre de 2001

UN HOMBRE APARTE: Pura dinamita.
Las últimas tomas de “Un hombre aparte” deben ser de las más fuertes, desgarradoras y honestas que la industria audiovisual chilena haya producido alguna vez.
Son el punto final para un documental tremendo, en todos los sentidos de la palabra: en su intención, en el personaje que retrata, en su tema. Por eso, esta película requiere cuero duro de parte del espectador. A cambio, regala una honestidad brutal.
La cinta se centra en la gruesa y desdentada figura de Ricardo Liaño, el legendario español promotor de boxeo que trabajó con Martín Vargas. Liaño es seguido por la cámara en sus actividades cotidianas, mientras discute con sus amigos y un guionista la realización de una película (que no es este documental) basada en su vida.
El retratado es un hombre al final de su vida, que rechazado por su familia vive solo, y sólo de sus sueños. Pero ellos son de una grandeza demencial: está convencido de que sus proyectos (una “campaña mundial infantil juvenil antidrogas”) tendrán el éxito que lo redimirá. El contraste con lo que muestra la cámara es un bombazo emocional.
Bettina Perut e Iván Osnovikoff, los responsables de esta obra, están jugando en las grandes ligas. Este documental retrata los intentos de un ser humano por vencer a la muerte. Aquí están las mismas preguntas que uno encuentra en la gran literatura, la gran filosofía y la religión.
Alfredo Sepúlveda C.
 

El Mercurio
23 de noviembre de 2001

UN HOMBRE APARTE
Decir que Un hombre aparte habla sobre la soledad de la vejez es como decir que Chi-Chi-Chi-Le-Le-Le Martín Vargas de Chile habla sobre la decadencia del boxeo. La relación es pertinente, porque los autores de este documental, Bettina Perut e Iván Osnovikoff, son también los del anterior (junto al fotógrafo David Bravo); pero sobre todo porque ambas películas parecen enunciar cosas diferentes de las que emergen de sus imágenes.
El hombre aparte es Ricardo Liaño, emigrado español y ex promotor de boxeo, antiguo vividor y fabulador, y ahora octogenario y pobre, que circula con la obsesión de que sigue siendo un triunfador. Toda el filme está construido sobre la resistencia de Liaño a la realidad: al guionista (Samir Nazal), a su amigo (Luis Mondaca), a su familia distante, a su derrota final.
Y por eso, en verdad es una especie de retrato de la muerte: no de la soledad, sino del progresivo oscurecimiento, de la conciencia que titila y se apaga, del cuerpo estragado que se hunde en la penumbra, como sugieren los escalofriantes planos finales. Hay imágenes en esta cinta que son inéditas en el cine chileno no por su originalidad, sino por su salvajismo, una vocación, ya presente en la anterior, que hace del proyecto de Perut y Osnovikoff uno de los más interesantes del documentalismo actual.
Ascanio Cavallo.
 

La Segunda
12 de diciembre de 2001

“UN HOMBRE APARTE”, un documental a la altura del mejor cine
Cuando Bettina Perut e Iván Osnovikoff tuvieron la sensibilidad de ver al ser humano detrás de uno de los personajes secundarios de su premiado documental “Chi-Chi-Chi-Le-Le-Le Martín Vargas de Chile”, ya mostraron su primer gran acierto. Mismo que asentó las sólidas bases de uno de los más potentes y notables trabajos del género que se hayan conocido en Chile: “Un hombre aparte”, que se estrena mañana en el Cine Hoyts de La Reina.
Los halagos a esta realización pueden elegirse desde muchos ángulos: el lenguaje, la verdad coherente del relato, el punto de vista nítido pero exento de juicio, la capacidad casi sicoanalítica de desnudar la más profunda y dolorosa de las verdades de un hombre que aún no quiere encontrarse con su realidad. Por cualquiera de estas cualidades este filme de 56 minutos de duración es ya excepcionalmente valioso. El conjunto de ellas lo hace comparable a esas grandes novelas de la literatura universal.
La pareja fijó sus ojos en el octogenario ex promotor de boxeo, Ricardo Liaño. Y quizás la prueba mayor de que acertaron en su descripción –que fue una búsqueda conjunta de la verdad durante nueve meses- es lo que declara el protagonista hoy en una entrevista a un matutino. “Había cosas muy bonitas de mi vida para poner en la película, pero lamentablemente no fue así. (...) Yo no soy un hombre aparte. (...) En este documental apenas colocan un diez por ciento de mi vida”.
Precisamente lo interesante del trabajo es que tomó una opción y supo captar exactamente ese 10 por ciento: el aquí y el ahora de un hombre cuya actitud absolutamente refractaria a su realidad lo ha empujado, en la etapa final de su vida, a una soledad angustiante, esa que resume en que los seres más cercanos a él lo esquivan... En el documental también se vislumbran los restos de ese empuje a prueba de cualquier escollo que alguna vez le diera resultados, pero que cuando se transforma en obcecación, convierte a las personas en solitarias, víctimas ignorantes de sus errores y defectos que se niegan terminantemente a ver. “Soy triunfador, soy ganador”, le dice con su enfático acento español al supuesto guionista que en el documental hará una película sobre él. “Yo creo que soy sabio y que soy inteligente”, agrega, cuando éste trata de enfrentarlo a su realidad diciéndole que la verdad es que él no es más que un hombre solo, abandonado, con proyectos quiméricos.
Este es un trabajo de profundo contenido humanista, una senda que sería deseable que inspirara a nuestros cineastas en general.
Ana Josefa Silva
 

La Tercera, La Guía
14 de diciembre de 2001

UN HOMBRE APARTE
La grandeza de Un Hombre Aparte bebe de dos fuentes esenciales: la humanidad de un personaje desbordado y la mirada provocadora de sus realizadores. Es en el choque entre dos fuerzas igualmente conmovedoras –el triunfalismo de un tipo crepuscular enfrentado a su realidad casi marginal- donde se desarrolla el drama de esta obra ejemplar, manipulada abiertamente para conseguir un efecto casi cinematográfico en su capacidad de emocionar.
Las imágenes de Un Hombre Aparte escogen ocho meses en la vida de a los 80 años de Ricardo Liaño, antiguo promotor de Martín Vargas y organizador de espectáculos deportivos y artísticos en tiempos mejores.
La coreografía de sus exageradas muecas y movimientos de mano o la escenografía de un cuarto pobre en medio del centro santiaguino van recortando a esta personalidad. Finalmente, ciertas tomas definitivas –una conferencia de prensa a la que no llega nadie, un temblar de dedos sobre la escalera, un llanto franco- otorgan la dimensión autoral a esta obra magnífica, extraño cruce entre ficcionalidad poética y realidad lamentable.
Rodrigo González M.

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